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POR FERNANDITO

Del libro familiar “Eva, regalo de Dios” de Fernando Gómez García, en donde el autor (’el abuelo’) explica algunas cosas a su nievecita Eva.

  

2. EL AGUA EN LOS ’40.

 

No había grifos en las casas. Había dos formas de proveer la casa de agua: 

– Cargar una bestia con la albarda y encima de ella las aguaderas con cuatro cántaros vacíos e ir a la fuente que estaba fuera del pueblo y que llamábamos “los caños”.  Allí se llenaban, se cargaban de nuevo y si habían salido de la cantarera vacíos ahora se devolvían llenos…

– … pero como lo normal era que las bestias estuvieran trabajando en el campo esta labor estaba más bien reservado para la mujer que trasladaba el cántaro en la cadera sujeto con el brazo. En algunos pueblos, donde quedaba mucha influencia musulmana estos cántaros se llevaban sobre la cabeza apoyados en un rosco de tela. A veces las jóvenes aprovechaban este hecho para encontrarse con personas que deseaban ver, mozos que a la misma hora llevaban a las bestias a beber agua a un pilar que estaba situado al lado de los caños en los que se llenaban los cántaros… una mirada, guiño de ojos, etc. significaba para ambos la mejor declaración de amor.

 

1. LA ILUMINACIÓN EN LOS ’40.

 

– La falta de tendido eléctrico, en el Velefique de principios de los años cuarenta, obligaba a iluminarse por la noche con un candil, como dos mil años antes lo hacían los romanos; se trata de una vasija que contiene aceite y una torcida que proyecta una luz escasa, tan escasa que sólo se puede ver al detalle en el metro cuadrado de la habitación en cuyo centro está la luz… el resto de la misma queda en penumbra. El aceite estaba en una vasija llamada alcuza y cuando se notaba que el aceite del candil se iba agotando había que ir a ella a reponer; eso podía ocurrir un par de veces por noche. Lo normal es que hubiera dos candiles: uno, fijo, colgado en la cocina, donde la familia estaba sentada al fuego, si era invierno, y otro, deambulante, que te acompañaba para recorrer alguna otra dependencia de la casa, sobre todo si tenías que subir a la cámara, que era la planta alta que todas las casas del pueblo tienen y que se usa como trastero, granero, despensa, etc. Como se madrugaba mucho, lo normal era acostarse muy temprano; para recordarle al novio de la hija que era hora de acostarse, que se tenía que ir, que habían tocado ya las ánimas (hora en que salían los novios para irse a dormir), había una cancioncilla que decía: “El candil se está apagando/ la alcuza no tiene aceite/ no te digo que te vayas/ ni tampoco que te quedes”.

– Si la luz más popular y generalizada, la más humilde, era el candil había otra, menos corriente, aunque también humilde: el quinqué, vasija cerrada, circular, con una torcía, también circular, resguardada por un cilindro de vidrio abierto por ambas bases; daba más luz que el quinqué pero era menos manejable, debía ocupar un lugar fijo; en algunas casas convivía con los candiles.

– Para salir a la calle, las personas mayores llevaban un farol de aceite, especie de candil introducido en un cubo de base de hojalata, cuatro caras laterales de vidrio y la cara superior convertida en una especie de cúpula o pirámide perforada para que entrara el oxígeno. Los jóvenes normalmente no lo llevaban, acostumbrados a la oscuridad, veían como gatos; la verdad es que se sabían las calles -que solían transitar por la noche- de memoria.

– Los pastores se tenían que trasladar por el monte, muy irregular, a veces durante muchísimos kilómetros y se hacían unas teas, hachos de esparto o reviejos (esparto que lleva varios años en el monte, muy viejo) y de esa forma se trasladaban al pueblo, siempre de noche, cuando encerraban el rebaño. Una canción nos recuerda circunstancias parecidas: “Con la luz del cigarro/ voy al molino/ se me apaga el cigarro,/ pierdo el camino”.

– En la casa de la familia de tu abuelo se utilizaba una luz especial, el carburo; estaba formado por dos piezas cilíndricas enroscadas la una en la otra: una inferior, donde se ponía la piedra de carburo, otra superior que contenía el agua que merced a un mecanismo caía gota a gota en la inferior produciendo un gas inflamable que salía por una boquilla que a veces se “atoraba” y había que desatascarla para lo cual utilizábamos una celda de cepillo. Producía una luz más fuerte que las enumeradas hasta ahora. Exigía una dedicación diaria para preparar los carburos: todas las tardes tenían que quedar en condiciones para, al anochecer, ser encendidos. La vida que tenía un carburo preparado era la que podíamos vivir cada noche antes de acostarnos.

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